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No tengo cambio a la vista:
sevillista yo nací
y moriré sevillista.
Si dibujo la Giralda
y un cielo azul por arriba,
la rocío de azahar
y de vieja sangre artista,
le pongo un río a sus pies
y pongo versos de orillas,
la pongo frente a la luz
y hasta la luz siente envidia,
y echo a rodar un balón
por un Nervión futbolista,
el fútbol se hace pasión
que no golpea, acaricia.
Blanquirrojea en el sur
la pasión definitiva.
Y por más que otros se empeñen
en volcar ortografías
y escriban siempre con be
lo que es con uve inequívoca,
esta ciudad, esta mujer,
esta gloria fugitiva
solamente tiene un nombre
con siete letras: SEVILLA.
Cien años cumples, mi amor,
mas tienes la gran virtud
de vivir en juventud
como eternizada flor.
Blanquirrojo tu color,
vives del tiempo testigo.
yo te sueño y te persigo
con la única intención
de dejar mi corazón
cumpliendo siglos contigo.
¿Qué hago, enciendo cien velas
y te pido: “Sopla, sopla…”,
¿o encargo al cielo una copla
cantada por cien abuelas?
Vístete de lentejuelas,
y óyeme lo que te digo:
hazle un sitio por tu abrigo
a mi amor desmesurado:
quiero quedarme a tu lado
cumpliendo siglos contigo.
Cientos de silencios tuyos
se han venido hasta el octubre
a ver si tu amor los cubre
con su delicado arrullo.
¿Oyes, mi amor, el murmullo
que está hoy aquí conmigo?
¿Oyes la emoción? Te obligo,
lo merece esta afición,
a que dejes su pasión
cumpliendo siglos contigo.
¿Qué cielo quieres que baje
a rodear tu cintura?
¿Qué jardín, de qué locura,
para rizarte de encaje?
Mira la pasión que traje
en el nombre más amigo.
Aquí siguen, aquí sigo,
aquí estamos, a la vista,
una pasión sevillista
que quiere morir contigo.
¿Regalos de qué tamaños
para celebrarte a ti,
en qué alfombra andalusí
paseamos tus cien años?
¿Con qué telas, con qué paños
tu nombre no desabrigo,
para que pueda tu trigo
seguir dándonos espigas
hasta donde tú nos digas,
siglos tras siglos contigo?
Déjame que hoy yo me vista,
por lo de tu centenario,
con mi traje de diario,
mi condición sevillista.
No se presta, se conquista
tan preciada maravilla.
Y es tan alta y tan sencilla,
que para sentirme hombre
a mí me basta tu nombre
sonándome aquí: Sevilla.
Señor presidente del Sevilla F.C., señores consejeros, señores
del Comité Organizador, amigos, sevillistas, bienvenidos. Gracias. Como
sevillista, nunca pude aspirar a más que estar hoy aquí. No estoy solo,
me acompañan muchas personas, las mismas que me han ido trayendo, que
me han traído. Me acompaña mi padre, tan lejano; me acompaña mi madre,
tan sevillista (“…Ni lo nombres…”, me ha dicho), muchos amigos. Y mi
sevillismo de la Aznalcázar de mi niñez, y el sevillismo del Gines de
mi juventud, y el sevillismo de la cercanía al club, aquel sevillismo
insomne que se inicia en los setenta en Pedro Marco y Gregorio, pasa
por mi hermano Jesús jugando en el Sevilla Atlético, pasa por Radio
Sevilla con Rosa Hidalgo del brazo y sigue hasta, hoy pasando por Pepe
Castillo y cien sevillistas más. Le agradezco al club, al Comité
organizador y al presidente este nombramiento, que me regala el honor
de la palabra en una fecha tan señalada para el sevillismo.
Me gustaría poder estar ahí abajo, si él viviera. Para
disfrutar de la mejor prosa, de la pasión sin límites (y sin esconder
su inclinación). Digo él y digo el que mejor escribía del Sevilla (y de
más cosas), el que mojaba la pluma en el corazón y le salían trazos que
llevaban puesta la camiseta del Sevilla. Si él viviera, yo no hubiese
sido capaz de subir aquí, porque hay que ver cómo escribía y cómo era
de sevillista. Seguro que en su cielo ya habrá convencido a Dios para
que en el costado de la llaga lleve el escudo del Sevilla, porque para
él era una llaga viva el escudo. Seguro que ha organizado una cantera
en el limbo, con los angelitos, y allí se va por las tardes, en plan
Pepe Alfaro, a ver si hay uno que destaque –o sea, que juegue “como los
ángeles”- para ofrecérselo al club. Seguro que ya ha convencido a las
siete mil Vírgenes para que medien y habiliten –ni cielo, ni purgatorio
ni infierno- una parcela –la más hermosa grada alta- para cuando
subamos los sevillistas. Hoy estoy aquí porque no está, y cuánto lo
siento, mi admirado y querido José Antonio Blázquez.
Pero
estoy. Porque también me empujó hace más de un año el ánimo de mi
querido Paco Artacho, que se empeñó en que yo fuera pregonero. Y más
gentes, más amigos que están, que estáis, ahí sentado. Y como al César
hay que darle lo que es del César (ya lo dice la Biblia: “A Jorge lo
que es de Jorge y al César lo que es del César), también me ha traído
una palabra amiga, desmesurada, como todas las palabras amigas. César
Cadaval –otro que yo soñaba de pregonero, porque también en el verbo
está “en el taco”-, César, que es la Omaíta de Nervión, el sevillismo
militante, la gracia sevillana –y sevillista- de quien no ha conocido,
ni puede, ni quiere, otro color en su pasión deportiva. Gracias, César.
Hay que ver lo que hace invitarte a una manzanilla con tapa de
sardinitas fritas… y que pagues tú. Eres tan sevillista, amigo, que si
un día –Dios no lo quiera- tuvieran que operarte del corazón, tendrían
que pedirle permiso al club, porque tocarte a ti el corazón sería
trastear en el escudo del Sevilla. Gracias, César.
Cien años. Ojú… Mi vida no alcanza tan lejos, ni la de ninguno de
nosotros. La mirada se recrea, hoy, extrañada, las fotografías de unos
futbolistas del primer cuarto del siglo XX que tienen de tipo de
futbolistas, aproximadamente, lo que la niña de El Exorcista tiene de
Niño Jesús. Mira uno esas fotos y más que futbolistas parecen
aristócratas merendando en el campo en camisa de dormir, sentados como
si descansaran, con sombrero y bigotes rizados, gorra y cuasi
monóculos. Les falta el café. Vamos, que más que antes de un partido de
fútbol parece que los retrataron tomando los baños en Lanjarón.
Naturalmente, mi Sevilla, aunque yo sienta en mí sus cien años, no
empieza a ser ese Sevilla. Por la misma razón que me costaría decirle
tito a uno de los que levantó la Giralda. Y, además, porque el Sevilla,
sobre todo, en mí es un nombre, un escudo, una bandera. O sea, una
patria. Quiero decir que lo único que sé es que nací con el Sevilla ya
puesto. Y aquí sigue. Para mí, el Sevilla es la historia más larga y
más contada, la referencia más antigua de todas las historias que me
contaban de niño. Antes que saber de un ejército, supe de una
alineación; antes que de una batalla, de un Sevilla contra cualquiera;
antes que de un patricio romano, de Campanal. Mi madre colocaba
estampas de santos junto a una mariposa encendida, en el tocador,
aquella alineación celestial que iba del Padre Damián al Cautivo, de la
Virgen del Perpetuo Socorro a la Virgen de las Angustias, y yo le
restaba harina a la talega para el engrudo con que pegar mis
futbolistas en el álbum. De modo que unas noches le rezaba al Padre
Damián, ya enfermo de lepra en la isla Molokai, y otras le pedía a
Diéguez que no fallara un penalti. Los más viejos que conocí hablaban
de un muchacho de por ahí, uno que vino y empezó a darle al césped
categoría de flor de la canela. Dicen que la tocaba, la llevaba con el
mimo con el que se enseña a andar a un hijo, la escondía como si fuera
una bolita de trile y cuando se daban cuenta los contrarios ya iba la
cosa 3 a cero. No es andaluz, pero dicen que en los pies tenía las
manos del bordador Juan Manuel. ¡Cómo lo contaba Manuel, que se hizo
sevillista por él! “…Y la pedía, decía dámela y se iba que parecía que
el balón era de chapa y corría sobre un imán bajo la yerba… El balón en
los pies, la vista larga, y ná del otro mundo: estilizao como una
bailarina, pero con cinco diablos en las botas. La cogía, se regateaba
hasta el del marcador, y se iba tan niño y tan chulo con el balón y se
entretenía en contarle los nudos a la red… Y es que lo hacía hoy, y
mañana, y pasao mañana, y cuando quería… Era un chaval, 22 ó 23 años,
pero tenía la gracia de Sevilla en los pies y la agilidad de una
pantera. 20 ó 22 años. Cuando la cogía y la coronaba, el
“Sánchez-Pizjuán” se le venía encima, aplaudiéndole como si fuera un
torero, que era torero, con aquella gracia que tenía jugando. ¿Tú qué
sabes, si no has visto jugar a Juanito Arza…?”
¿Es verdad, Juan, que cuando la cogías y la tratabas como el pan que te
has de comer luego, y la ponías donde los sueños, el “Sánchez-Pizjuán”
se te venía encima? ¿Y yo no lo vi? ¿Y me voy a morir con la pena de no
verte aclamado por el sevillismo, si estás para jugar el domingo?
¡Anda, querido Juan, Juanito, Niño de Oro, ponte de pie, quiebra la
timidez, porque este “Sánchez-Pizjuán” de hoy, este “Sánchez-Pizjuán”
que pisa el Centenario del Sevilla, quiere acordarse de cómo te
aplaudía, porque estás regateando al tiempo, le estás rompiendo la
cintura a la vejez y, a tus ochenta y tantos, queremos celebrar este
gol que le marcas todos los días a la vida: Va por ti este aplauso,
maestro.
La historia, la memoria. Mi memoria. Mi padre me
hablaba de tardes viendo al Sevilla, y en la escuela me hablaban de
personajes y pasajes de la historia, y yo tenía un lío entre Guzmán el
Bueno y Pepillo… Un lío entre Caín y Ramoní y Enrique… Un lío entre el
vuelo del Plus Ultra y las estiradas de Bustos… Un lío entre la esfera
de la bola del mundo y el balón… Un lío entre el circo romano y el
“Sánchez-Pizjuán”… Un lío entre la batalla del Ebro y aquella tarde que
se liaron a puñetazos Campanal y Achúcarro contra cinco o seis por una
zancadilla… Y un lío entre los hijos de Jacob y los once de mi equipo…
De tal manera, esto último, que me ponía a decir “Rubén, Simeón, Leví,
Judá, Dan, Neptalí, Isacar, Zabulón, Gad, Aser, José y Benjamín, y,
sobre la marcha, como si de un partido se tratara, yo, en plan Diego
Villalonga, me ponía a cantar: “Mut, Santín, Campanal, Valero, Ruiz
Sosa, Achúcarro, Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Zsalay… ¿Qué se
van a creer los hijos de Jacob, que le van a ganar al Sevilla, aunque
sean uno más? Y escribía en mi cuaderno: Sevilla, 2; Antiguo
Testamento, 0.
La pasión. Mi sevillismo se hizo mayor el día que conocí al primer
futbolista que después sería –y es- mi amigo. Suerte que tiene uno.
Suerte de sevillista. El primer futbolista del Sevilla que conocí se
llamaba –y se llama- Blanco Blanco. Pablo Blanco. ¡Como para cambiar de
color! Y se hace rojo de sangre cuando conocí a Enrique Lora, aquel
cigarrero que cambió el arrozal por el césped y trabajaba como un
trineo en las veras enfangadas que imponía Mack Merkel al pie de José
María Negrillo. Se puso el 7 a la espalda y pudo con el mundo. Después
vinieron otros. Y, sin consultar, se me vienen nombres: Baby, Paco
Gallego, Curro San José, Gustavo Fernández, Antonio Álvarez, Paquito
Varela (qué lástima de Paquito Varela), Manolo Jiménez… Y, aunque sin
conocerlo, hubo uno que enlutó mi sevillismo y el de todos, una tarde
de enero en Pontevedra, cuando la mala suerte pidió el cambio –la vida
por la muerte- de Pedro Berruezo. Y de las viejas glorias, mi cariño a
Manolo Doménech, mi cercanía con López el de los Stuka, mi amistad de
ayer con José María Bustos, mi cariño a Manolo Cardo, mi admiración por
Valero, Manolo Ruiz Sosa y algunos que andan por ese álbum de la
memoria.
Después, el sevillismo que crece con la marea
cuasi masai de los Biris, canciones para después, y para antes, y
durante la guerra de los partidos. Y después, tantos sevillistas de
dentro y de fuera. La pasión extraña –pasión de la rivalidad- que
aprendí de Joaquín, aquel sevillista tan sevillista que le daban un
billete de mil pesetas y siempre decía: “A ver si pueden ser dos de
quinientas, miarma”. Tan sevillista, tan rojiblanco, que un día, en un
restaurante, cuando el camarero le preguntó: “¿Quiere de primero unos
pimientos?”, respondió: “¿Pimientos? Si los tienes rojos, sí, si no,
los pintas”. “¿Y una lechuguita?” “No, miarma, no. Las lechugas pa los
pájaros perdices”. Y se ponía delante de un plato de jamón y decía:
“¡Pero tú has visto la gloria del jamón..! ¡Cómo no va a ser el jamón
lo mejor del mundo, si cortas una lonchita así, con su listita de
tocino por las veras, y parece que te estás comiendo la bandera del
Sevilla!” Tan sevillista era que, con lo aficionado que era a las
mujeres, y a piropearlas, a partir de los cincuenta nadie lo vio jamás
seguir con la mirada a una muchacha ni decirle un piropo a ninguna
mujer. “¿Que si se me ha ido el celo? ¿A mí se me va a ir el celo ya?
Lo que pasa es que me moriría de pena si alguien me dijera por la calle
que soy un viejo verde…”
Para mí, la historia empieza a
contarla en la radio Juan Tribuna, y el Sevilla se me hace club cuando
muere don Ramón Sánchez-Pizjuán, que lo contaban los sevillistas como
si se hubiera muerto el Sevilla entero. Mucho Sevilla se moría con él,
es cierto. Se moría un presidente y se moría un credo, un líder de la
religión sevillista. Un señor. Un señor que ya es mucho más que dos
apellidos uncidos por un guión, mucho más que el nombre de nuestro
estadio, es la memoria de lo bien hecho, la memoria del amor y la
entrega. Tanto era en la voz de los sevillistas, que yo creía que las
mitras que llevan San Fernando, San Leando y San Isidoro, era una misa
de tres padres en el Vaticano del escudo del Sevilla por el alma de don
Ramón. La pasión.
“La pasión es la pasión y como tal hay que entenderla, y
como tal hay que vivirla. Pasión sin extremismos beligerantes, pasión
sin perder los papeles, pero pasión. Pasar por la vida sin una pasión
es cuasi como no haber vivido. “La vida sin pasión no sabe a vida”. El
sevillismo no es –no fue nunca- una moda, ni el arrebato
fundamentalista que sigue oscuras doctrinas de caducos jomeinis de la
oportunidad. El sevillismo es un sentimiento –el más viejo de España,
por cierto-, un sentimiento único (si hubiera otro igual, yo tendría
dos), una identidad, una manera de sentir algo que no sabemos por qué
está ahí, tan hondo, más viejo en nosotros que nosotros mismos. Y sobre
todo, tan inquebrantable. ¿Por qué soy sevillista? Era yo muy niño.
Traigo aquí –imagen de una casa humilde de los cincuenta, calor de
brasero y de hogar- la voz de mi padre, relatando, con precisión
cinematográfica -¡Dios mío, si casi puedo tocar las porterías!, con un
aliño oral que juraría saber a qué olía la yerba aquella tarde… Habla
mi padre:
“… Y entonces, el Madrid empezó a atacar. Le echaron una pelota a Gento
y Gento cogió la banda que no había quien lo parara. Pero, amigo, salió
Campanal detrás de él y…”
Hace frío. Alguien ha removido el cisco del brasero, más que por
encandilar, por ver si ya están tostadas las bellotas. El íntimo
comedor huele a bellotas tostadas, y a granadas, y a Ideales. Mi padre
fuma Ideales mientras nos cuenta. Esta noche no ha tocado –como tantas
otras- relato de guerra. Hoy habla del partido que vio hace poco, de
aquel partido. Quizá de otra guerra, tan nacional como la otra, pero no
es lo mismo. Menos mal. Empiezo a imaginar futbolistas, caras, el campo
de fútbol, la grada, el césped, las botas, el balón, lo que sería allí,
de espectador, una tarde soleada de domingo de invierno. El sueño se me
llenó de estadio, de jugadas, de paradas, de goles, y, como banda
sonora de todo lo que imaginaba, el murmullo del gentío. Amanecí con el
marcador de la realidad en contra: perdí cuanto soñé.
Ahora es una tarde de domingo y de casino. Quizá he ido a darle una
razón a mi padre, algo sobre unas aceitunas de molino. Llueve. Para
mojarme menos –eso creo-, me he ido por la acera, pegado a la pared,
entre la cal y los finos barrotes de lluvia que bajan de las canales.
Infancia de invierno, enjaulada y libre a un tiempo. Abro la puerta de
cristales del casino y recibo el espeso calor de interior, un calor
aliñado de cien olores. Huele a café y a alcohol agrio, y huele,
dudosamente a pino, el serrín húmedo esparcido por el suelo. En un
rincón se desangran de lluvia algunos paraguas. Me abro paso entre
piernas de pana y botas de ternera, y en una mesa veo una manilla de
bastos gastada de bazas y partidas. Hay voces del camarero y de los
clientes. Hay un murmullo, un galimatías como si todos fueran sordos y
cada uno de un país. Mal que bien, de fondo, se oye la voz en grito que
escapa de la radio. El camarero, sevillista hasta la pena, muerde un
puro que va de un lado a otro de la boca con habilidad de trapecista.
Pega el oído orientado a la radio, ahora gallo herido que quiquiriquea
en la alta repisa. La voz de la radio grita y planea por cima de todos
los del bar: “¡Gooooo!” Había parado Bustos un terrible chutazo de
Mauri, sacó rápido de puerta, la enganchó Juanito Arza, se fue al área
a lo suyo. Nada pudo hacer Carmelo. Sevilla, 1, Athleti de Bilbao, 0.
Lo cuenta una voz que alguien dijo que era la de Juan Tribuna. ¿Y quién
es ese Juan Tribuna que tiene el privilegio de cantar los goles del
Sevilla? ¿Se llama así? El camarero coge el puro para reírse y para
contar su alegría, vuelve a colocárselo en la boca y vuelve a
mordisquearlo, como mordisqueábamos los niños el orozuz, mientras abre
el vaporizador de la máquina de café y parece que al casino ha entrado
un tren. Suelta indirectas a dos o tres “enemigos” que machacan más que
mueven las fichas del dominó sobre la tapa de mármol de la mesa donde
juegan. Mi padre no estaba. Me fui con un gol a favor en el bolsillo
mojado.
Ahora estoy en el campo, no en el campo de fútbol sino en el de la
geoponía, la agricultura. Apenas si ha roto la primavera y estoy en el
campo con mi padre, sembrando algodón. Mi padre cava y yo voy echando
semillas: cuatro o cinco granos en cada cavada. Es mucha la tierra que
tiene que cavar mi padre –seis, siete aranzadas-, mucha la semilla que
hay que sembrar, mucha la semilla que espera en los sacos, y mi mano
calcula días hasta acabar la siembra. Salen muchos días, y muchas
cavadas. Mi padre –que me conoce, me quiere y sabe de mi impaciencia-,
para que el trabajo se me haga más llevadero, me habla de fútbol. Pero
ahora no me habla de partidos pasados, me habla y me dice: “Este año,
cuando recojamos el algodón, te voy a llevar a ver el Sevilla”.
-¡Sí, pero que sea cuando juegue contra el Real Madrid!-, le pido. Yo tenía ganas de ver un Gento-Campanal. …Y ganarlo.
De acuerdo. Contra el Real Madrid. Yo tengo en mi casa un álbum y me sé
las alineaciones. Y sé que en el Real Madrid jugará Domínguez, de
portero, y en la defensa, Marquitos, Santamaría, Pachín; y en la media,
Vidal y otro; y en la delantera, ay, Dios, en la delantera, seguro que
estará Di Stéfano, y Puskas, y ese negrito, Didí, y Gento… Ojú, Gento,
como te coja Campanal… ¿Y los míos? Los míos, esa cuadrilla que me sé
mejor que el “Yo, pecador”: “Mut, Santín, Campanal, Valero, Ruiz Sosa,
Achúcarro, Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Zsalay. ¿Cuándo jugarán?
¿Quién ganará? Yo quiero que sea en octubre, ya con el algodón
recogido, pero queda mucho todavía hasta que llegue esa hora de la
nevada del sur, caliente; hasta que parezca que ha nevado en el campo,
haya tanta blancura que se enajenen el sol y los pájaros. Mientras
siembro, retransmito el partido. Mi padre me oye y sigue cavando, sin
entender aún que a su lado ensayaba un lejano locutor de radio. Todos
los días, en la siembra, el Madrid acorrala al Sevilla y lo golea, pero
cuando faltan diez minutos terminar, en mi locución –Juan Tribuna menor
de las hazas-, el Sevilla remonta y gana el partido. Así todos los
días. Así en la siembra y así, más tarde, ya nacido el algodón,
deshermanándolo, y más tarde, regándolo, y más tarde viendo cómo abren
las pelotas del algodón y cómo se acercan –eso creo- las otras pelotas,
las del fútbol, las que veré volar o correr las bandas, cruzando líneas
o sesteando en redes. Los balones se me amontonan en la memoria a la
espera de ver ese partido.
Cuando el algodón apunta el blanco ya sé que el Madrid viene a finales
de octubre. Bien. Todo es, hasta ahora, como soñé. Se acerca la
recogida y se acerca el partido. ¡Qué impaciencia de blancores en mi
niñez! Por si lo olvida –que no lo olvida-, se lo recuerdo a mi padre:
“Dentro de quince días es el partido. Iremos, ¿verdad?” Y mi padre: “Yo
creo que sí, hijo. A ver cómo se da la cosecha, porque parece que no
está muy buena. Pero tú no te preocupes, Antonio, hijo, que si no es
contra el Madrid, será con otro”.
No, no. Ni pensarlo. Yo quiero que sea contra el Real Madrid, que sé,
porque llevo casi seis meses retransmitiéndolo, hasta cuántos fuera de
banda va a haber. Mi padre, una guerra atrás, un horizonte de aparcero
en desventaja, unas tierras de vega que dan más trampas que espigas,
una mujer y cuatro hijos, mientras yo retransmito, está en otro
“partido”, en un partido que lleva años perdiendo: o se lo ganan las
lluvias a destiempo o se lo gana el río; o se lo ganan las plagas o se
lo ganan las cuentas del amo, unas cuentas –las del amo- que crecen,
mientras merman las de mi padre. Yo sueño con que el Sevilla le marque
un gol al Madrid en el último minuto y mi padre le pide a Dios que la
tierra dé para pagar en la tienda. Yo sueño con que Marquitos
zancadillee a Antoniet en el área y mi padre no sabe cómo librarse de
las zancadillas que da el campo cuando se pone contrario.
Falta una semana para el partido y todavía queda algodón por recoger.
El chaparrón que se dejó caer por septiembre ha podrido muchas motas.
Mi padre me va preparando en la banda de su impotencia: “Antonio, hijo,
me parece que vamos a ir otro día, porque ni la cosecha es buena ni
vamos a terminar esta semana”. En la soledad del campo, lloro, lloro mi
frustración, lloro los restos de sueños rotos que se quedan en la
soledad del campo como una destrozada ilusión que nunca debí tener.
Lloro mirando el horizonte, queriendo con la mirada salir de allí, de
las hazas que me encierran los nueve, los diez, los once, los doce
años. Miro queriendo llegar muy lejos de allí, irme a un lugar donde
los sueños estén más cercanos. Maldigo mi condición de niño pobre, hijo
de pobres, amamantado por la escasez y soñando –iluso de mí- lo que no
pueden soñar más que los niños ricos. Y el campo, mi gran universo, mi
pasión, mi maestro, mi gran salvador de los sueños y las ilusiones, mi
gran surtidor de imágenes y palabras para después, más tarde, se me
entristece, me cae encima como una catástrofe. Mi padre ha perdido su
partido y yo el mío. Mi padre echa sacas de algodón al carro y yo
bombeo balones imposibles queriendo remontarme a las nubes en un sueño.
Lloré como si hubiera perdido mi niñez en un lubricán, y me enjugo las
lágrimas con motas de aquel algodón que he sembrado, que he
deshermanado, que he regado y que estoy recogiendo amargamente. Mis
primeras lágrimas por mi equipo las enjuga un blancor. Todo un símbolo
de llorar por un color y que ese color te enjugue el llanto. Llegó el
partido y yo me quedé en el campo ese domingo de sol con una ligera
brisa. Ni siquiera estoy en el pueblo. No puedo irme al casino a
escuchar las voces de los hombres confundidas con el Carrusel Deportivo
y la voz que a mí me suena sevillista. El partido empieza a las cinco.
Y a las cinco yo no estoy en otra grada que las varas del carro. A las
cinco yo no veo más jugadores que los hombres que faenan. A las cinco
–todo el algodonal blanco, para más pena-, no hay más balón arriba que
ese globo dorado del sol maduro del otoño de octubre. A las cinco, tan
lorquianamente, se me enluta el algodonal y algo me dice que también se
va a perder el partido de esa tarde en Sevilla. ¡Lo que yo daría ahora
siquiera por escuchar la radio, por que alguien se acercara al campo –a
este campo de algodón- a decir que el Sevilla había marcado..!
Silencio. Sigue la faena y al lubricán tomamos el camino del pueblo.
Cuando llegamos, me voy a buscar a mis amigos, a la plaza, o a hacerme
el remolón a la puerta del casino, o a empujar la puerta de cristales
de uno de ellos y ver la quiniela que escriben con tiza en una pizarra.
Hago esto último, y cuando miro la pizarra se me cae el resto del
ánimo: Sevilla, 1; Real Madrid, 3. ¡Yo lo sabía! Yo sabía que ese
partido, si yo no iba, se perdía. Yo fui, durante meses, alma de ese
partido.
Vinieron más años, más algodones y más calendarios de fútbol. Otra vez
sembré y retransmití; otra vez coseché con la vieja esperanza. Otra vez
vino el Madrid al “Sánchez-Pizjuán”, y otra vez ganó, o perdió. Los
viejos álbumes se sucedían en los cajones. Se fueron algunos
futbolistas, se retiraron algunos, vinieron otros. Ya nunca podría ver
parar a Mut, nunca vería un salto de Marcelo Campanal por cima de la
cabeza del delantero más alto del Madrid, o segando el aire y el balón
en las internadas de Gento. Nunca vería cómo Diéguez tiraba los
penaltis; nunca el preciosismo de Ruiz Sosa, ya en el Atlético de
Madrid; nunca jamás la fuerza y la honradez de Ignacio Achúcarro. Todo
mi Sevilla, todos los partidos de mi equipo estaban en mi memoria o en
los álbumes cuyas estampitas se fueron soltando, deshojado almanaque de
tristeza. Se me deshojó la infancia y en ninguna de sus hojas hubo
jamás un marcador de Liga con mi presencia. A mi padre se le fue el
campo y se le fue –con algodón, con maíz, con tabaco o con trigo-
ganándole por goleada. A mí se me fue la infancia sin haberse vestido
de futbolista, sin ver una tarde de domingo de Liga en el
“Sánchez-Pizjuán”. A mí se me fue la infancia y nunca pude parar el
balón de trapo de la pobreza.
Quizá por esto, una tarde, niño todavía, soñando con todo aquello,
jugando solo en el corral de mi casa, no sé por qué cogí un trozo de
carbón y pinte un escudo en la tapia. Debajo escribí: “¡Viva el
Sevilla!” Hace muchos años de esto, pero aún no he borrado ese letrero
de la tapia de mi vida. Ni lo pienso borrar, porque hay sueños que
valen más que todas las realidades.
He dicho que pinté un escudo. ¡Cómo no voy a ser
sevillista si aprendí a pintar el escudo del Sevilla antes que el mapa
de España! Nunca supe pintar el mapa de España sin que se pareciera al
perfil de un pavo que moqueaba por los Pirineos, alzaba la cola por
Galicia y asentaba las patas en el Estrecho de Gibraltar. Pero el
escudo del Sevilla… El escudo del Sevilla lo pintaba yo hasta en el
hule de la mesa del comedor, que así estaba el hule, que se ponía un
potaje de garbanzos y saltaban como balones. El escudo. ¿Qué es el
escudo? ¿Cómo puede alegrar tanto un símbolo? ¿Cómo puede uno
identificarse tanto con unas franjas –cal y sangre-, el retablo de la
citada misa de tres padres en el Vaticano de Nervión, tres consonantes
entrelazadas y un balón en el centro? El escudo. Mi escudo. El escudo
del Sevilla, éste, el tuyo, Sevilla… No sé lo que tiene, pero…
Se acuestan dos medias lunas
que bajan para juntarse
perfecta línea,que al darse,
cierra un siglo de fortuna.
Once barras,
blancas unas,
rojas otras.
No lo dudo,
me queda el pecho viudo
si me quito tu razón,
que más que mi corazón
a mí me late tu escudo.
Un símbolo manifiesto,
una clara identidad,
cuasi, cuasi santidad
para el que te lleva puesto.
Siempre tu orgullo enhiesto,
firme aquí, ajustado nudo.
Prefiero quedarme mudo
antes que negarte a tí
que lo mejor que sentí
lo sentí por este escudo.
¡Qué primavera destapa
este azahar rojiblanco!
¡Qué otoño si me lo arranco
del ojal de mi solapa!
Ninguna sombra lo tapa.
Nadie puede,
nadie pudo,
desteñir este menudo
símbolo de mi pasión.
Morirá mi corazón
pero quedará tu escudo.
Cien años.
Un nombre, un escudo,
una pasión.
Cien años.
Cien años, ¿y nada más?
No. Y más cosas.
Y cien Giraldas de oro
que se levanten al cielo
y repiquen para tí
en el bronce de los tiempos.
Cien Guadalquivires, cien,
para tenderse de espejo
donde mirarse el perfil
de tu sevillismo excelso.
Cien Guadalquivires, cien,
que lleguen a tí
subiendo caminos desde Sanlúcar,
alhajados de veleros,
perfumados de mareas
de indianos descubrimientos.
Cien Alcázares cristianos
donde se duerme el silencio
entre arrayanes y sombras,
entre palmeras al viento,
entre estanques y jardines
donde se hilvanan los versos
de los poetas más hondos,
de los poetas eternos,
al pie de los surtidores
que pespuntean el terno
del aire que da a la rosa
olor y color y aliento.
Cien Torres del Oro,cien,
almenadas de requiebros,
rendidas ante tu nombre
con un canto marinero.
Cien Trianas alfareras
modelándote cien sueños
en el barro sevillista
que proclama tu universo.
Cien Trianas cantaoras
golpeando yunques recios
desangrando seguiriyas
de los gitanos más viejos.
Cien Trianas marineras
en cien velas escribiendo
tu solo nombre, Sevilla,
río abajo, sueño adentro.
Cien lunas de abril,
cien lunas finas en el firmamento,
mirándote,
plateando los cien años que te cuento.
Cien lunas de la Pasión
del sevillano Evangelio
para iluminar caminos
por donde va tu misterio,
por donde va tu pasión,
por donde van costaleros
que alzan al Cielo tu nombre
y lo dejan en el Cielo.
Cien Esperanzas que encienden
cien caminos de cien sueños.
Cien Santa Cruz que se estrechen
como se estrechan los besos
para abrazarse a tu nombre
cal y jazmín,
luz y fuego.
Cien Maestranzas vestidas
de cien abriles de albero.
Cien verónicas ceñidas
al anillo de tu cuerpo
y cien pasodobles, cien,
para tu paso perfecto.
Cien siglos
para decirte cien veces
lo que ahora siento.
Cien manos, Sevilla, cien,
para seguir sosteniendo tu nombre
sobre el amor de la sangre
que ahora enciendo.
Cien corazones en uno
que haga corazones nuevos
y cien voces en mi voz
para decirte: ¡Te quiero!
He dicho.

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