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Turismo cultural
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Seguridad en la Sierra
Seguridad por radio en la montaña.

Belleza desde el aire

Villaluenga del Rosario

Villaluenga del Rosario (Foto JUANDE)

Viaje a vista de buitre sobre una reserva de la biosfera

J. M. G.
Si visitar a pie algunos enclaves y parajes del Parque Natural de la Sierra de Grazalema asombra y conmueve, no despierta menos emoción la contemplación desde el aire de sus moles montañosas, sus cursos de agua, el pantano de Los Hurones, los pueblos de cal, las mesetas inverosímiles o verdes según la época del año, los puertos de vértigo, los despeñaderos, las gargantas o la masa arbórea de pinsapos que crece en la cara note de la Sierra del Pinar.
Un vuelo sobre el Parque revela una Zahara casi castellana al pie de un crestón culminado pro la torre vigía árabe que domina los terrenos inundables por el nuevo pantano. Enfrente, la presa enorme y, al fondo, Algodonales, al pie de la Sierra de Líjar, Olvera, Zaframagón (la mayor buitrera de Europa) también quedan al alcance.
La carretera que une Zahara con Grazalema se deja ver desde las alturas como un emblema del espíritu de relación del hombre. Se enrisca, trepa, y después de mil tortuosidades sobre la inhóspita y agreste sierra, desemboca, feliz, en el luminoso puerto de Las Palomas.
Azul, verdes y gris, con Ronda y su Tajo al fondo. A poca distancia de este auténtico camino de cabras rodantes ha quedado el orgullo del Parque, oculto en lo más recóndito: el pinsapar, verde, oscuro, húmedo y frío, vigilado por los dos picos más altos de la provincia, el Torreón y el San Cristóbal, desde donde en días claros se divisa toda la bahía de Cádiz.

Restos del castillo de Aznalmara

Restos del castillo de Aznalmara (Foto JUANDE)

Al sur de Grazalema se extiende, entre las sierras del Caíllo -al pie, Villaluenga, el más pequeño y más alto pueblo gaditano- y de Ubrique, lo que semeja el cauce seco de un anchísimo río. Es la Manga de Villaluenga, un paisaje semilunar parangonable a los insólitos llanos próximos, el de Líbar y el del Republicano, extensas mesetas que tras el estío ponen una franja ocre salpicada de verde en medio de la grisura caliza omnipresente. Las sierras Blanquilla, del Palo y de Juan Diego constituyen el reborde de los llanos de Líbar y forman un espinazo al otro lado del cual los pueblos malagueños del Parque despiden humos de candelas; son Benaoján y Montejaque -una presa abandonada surge extraña al pie de una mole rocosa-, Jimena de Líbar -el río Guadiaro- y Cortes de la Frontera, con su tren y sus túneles.
Se vuela sobre pinos y pinos, se deja a la izquierda el desértico Berrueco y a la derecha aparecen Ubrique y Benaocaz y se da con el agua. Los Hurones forman lo que desde el aire se ve como plácidas playas de fina arena observadas de lejos por el altivo pico del Adrión y, de cerca, por el densísimo monte Higuerón, ceñido por el río Tavizna.
Cual si se tratara de fuente de la que mana otro de los hilos líquidos que entran en el pantano, El Bosque se deja ver como lo que es: la puerta del Parque Natural. Y aguas arriba alegran el paisaje las dos calles paralelas que se dan en llamar Benamahoma, en medio de las huertas más feraces.

Grazalema

Grazalema (Foto JUANDE)

Estos son algunos de los enclaves singulares del Parque Natural de la Sierra de Grazalema, primer espacio protegido de esta categoría declarado en Andalucía (en 1984) y asimismo primera Reserva de la Biosfera catalogada en la región por el comité MaB (El Hombre de la Biosfera) de la UNESCO, antes incluso de que fuese incluido en dicho inventario el Parque Nacional de Doñana.
Son más de 50.000 hectáreas de sorpresas, de vistas y sensaciones que impactan y ya no se borran. Pero aunque podemos recorrer sus más bellas rutas como la de la Garganta Verde, aspirar el aroma húmedo de la vegetación en Benamahoma o recibir en el rostro un beso frío de aire en el puerto del Boyar, hay un placer que queda reservado a los buitres: sobrevolar tanta maravilla.

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